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martes, 11 de marzo de 2008

Capítulo 0;5 de Anégdota

5.
Nunca se acostumbró a mi casa, fue por esa misma razón por la que apenas vino sólo tres veces. La primera fue al final de un recorrido de una de esas noches que no trabajaba, y decidí sacarla a pasear. Estaba como siempre la opción de quedarnos en su casa, lo que rechacé desde un principio, sabiendo que el afuera podría ofrecernos cosas mucho más interesantes, variadas y en cantidad que el encierro. Después de una vuelta grande que partió desde un encuentro en Congreso, atravesó Plaza de mayo, donde hicimos escala porque estaba tocando una orquesta en el cabildo, luego por la costanera, buscando algo para asesinar el hambre que se había apoderado de nosotros, y ya se había vuelto un tema de conversación ya escuchado, y la vuelta caminando hasta congreso, donde seguimos caminando hasta llegar a mi casa. Y en una pequeña confusión frente a la puerta, ella por irse, yo por pasar lo poco que quedaba de noche pensando que debería haberla invitado a pasar, empujé la puerta con un brazo y con el otro, la tomé por el cuello y nos deslizamos adentro. Lo primero que dijo fue:
-¿puedo bañarme? –a lo que me hizo mucha gracia sin pensar que una ducha de agua caliente era para ella lo que yo quería darle cuando la había invitado a salir.
La vez siguiente fue una repetición penosa de la primera, y la última, una repetición grotesca. Ya sin confusiones, ya sabiendo dónde ir, pero sin olvidar de dar esa vuelta de como treinta cuadras a ver el río y volver a donde los dos queríamos estar. Cuando terminaba de bañarse o de hacer el amor, se ponía a pasear, no sabiendo cómo hacía yo para tener tanto espacio y ocupar tan poco lugar. Simplemente era así, y no había manera de hacerle entender que no se trataba de que la casa fuera grande (a penas algunos cuantos metros cuadrados más que su altillo, cocina, lavadero, baño, luminoso, una joya), sino que las cosas estaban ordenadas (siempre antes que ella, Claudia había pasado y dejado su rastro fregando frenéticamente con desinfectante, limpiadores y removedores todo lo que se podía limpiar, aunque no estuviese sucio; la falta de huellas visibles de la presencia de otra mujer, como sería algún corpiño colgando de la canilla de la bañera o un perfume impregnado en la almohada, el hecho de que nada de esto podía advertirse en mi casa era la evidencia de que ella había estado ahí). Cosa que la hacían pensar a ella, sospechar de algo, no de mí, de otra mujer o de alguna deficiencia en ella como mujer que haría que yo busque el refugio de otra mujer, sino al pararse frente a la cama y no encontrar cosas tiradas, restos de cosas, cadáveres de las cosas muertas por la mano del desorden. Ella intentaba resolver el misterio de dónde había yo metido ese margen de suciedad y acumulación de cosas, que por más que limpie y acomode rigurosamente, siguen estando al final de una jornada de limpieza, y que son el principio de un nuevo desastre por venir. Le dije, para tranquilizarla, que todo eso que ella buscaba y no encontraba, lo metía debajo de la cama, en cajas que nunca se llenaban.
Una de esas veces en mi casa mientras dormía, se cayó de la cama y se golpeó fuerte con la cornucopia en la cabeza. Cuando la tenía agarrada del cuello debajo del agua fría tratando que se le baje el chichón, pensé que ese golpe había sido una señal de que no se iba a acostumbrar jamás a mi casa y mi cama. No se percataba que no tenía que agacharse ya que el techo estaba es lo alto, en su lugar, y la cama elevada unos cuarenta centímetros, no al ras del suelo como había quedado la suya luego de haberle serruchado las patas.

Capítulo 0;4 de Anégdota

4.
Esa vez que entré por primera vez a lo que Luciana llamaba casa, un simpático altillo dos pisos más arriba del bar donde trabajaba las tardes y las noches y una vez por fin de semana, brindaba extra un espectáculo como el que había presenciado esa noche. Su casa, un buen lugar para reposar y ver desde la ventana la calle cortada del frente trasero del edificio. Por eso fue que rápidamente adoptamos un estilo de vida acorde al lugar e que nos cruzábamos, rápidamente nuestra relación se adapto al medio, su casa, el lugar mas cercano al que podíamos ir una vez que ella terminara de cantar, pasando las noches hablando de nosotros, escuchando discos, y fumando tirados mientras que la miraba fijo a la cara para descubrir todos los detalles de su cara y encontrar una explicación a su belleza.
El colchón en el suelo donde dormíamos me daba seguido un dolor de cabeza parecido a una resaca obligatoria, en principio por la cerveza, mi mala disposición al sueño y las patadas que ella salía acostumbradamente dar. Siempre me costaba encontrar las cosas en su casa y nunca me podía adaptar al sistema de cajas y bolsas a falta de cajones y muebles que contuvieran lo necesario en una propia casa. Por eso, cuando me despertaba, siempre primero que ella, iba a la cocina a tomar un litro de agua, pero siempre sin aspirinas. Siempre olvidaba preguntarle a ella donde era que las guardaba, pero por mas que revisara los pocos cajones de la cocina, no podía encontrar sino las mismas ollas, paquetes de fideos en abundancia, una botella de vino a medio terminar y los cubiertos desparramados por ahí de siempre.
Ella dormía tranquila, casi en la misma posición que la noche anterior, pero con la diferencia que lentamente en el correr de la noche, ella iba extendiendo sus piernas y adueñándose de la mayoría de la cama. Yo, a pesar de las ganas de levantarme, volvía a la cama, la destapaba y me quedaba horas contemplándola tendida y desnuda, hasta que se levantaba.
En ese tiempo, tenía la manía de pensar demasiado. Supongo que se debía a algún mecanismo de mi mente que funcionaba a rienda suelta cada vez que comprobaba que no me había podido entregar de lleno al sueño, y en lugar de hacer lo posible por dormirme, buscaba una y otra vez las causas de eso en una reconstrucción de los hechos del día, de la semana o de mi vida, pensando que si iba y volvía repetidas veces, en algún momento, me iba a topar con el elemento tranquilizador que me tienda una mano y abra una tregua, lo mas parecido a contar violentamente ovejas. Cuando llegaba al capítulo Luciana, no podía borrar una sonrisa estúpida que se me estampaba en la cara y me daba un aire a quinceañero recién iniciado.
Generalmente, hacia un calor horrendo en su casa. A las nueve de la mañana, un rayo de sol comenzaba a pegar de costado a la cama donde dormía, y a las doce se hacia insoportable la sensación de estar durmiendo en un horno. Siempre me levantaba a esa hora y me iba a buscar un rinconcito de sombra para aliviarme. La energía calórica provenida del sol, la temperatura propia del edificio, los vapores de las cocinas que tocaban la pared del altillo, todo, iba a concentrarse a ese cuarto en que Luciana llamaba casa. Yo transpiraba, a pesar de estar semidesnudo. Las sabanas estaban sucias, parecía que nunca las había cambiado. Ella goteaba transpiración sobre la colección de agujeros de quemadura de cigarrillos del colchón, y yo deseaba profundamente un baño. Pero en el lugar no había ningún baño, y mucho menos una bañadera. ¿Cómo hacia para limpiarse esta mujer? Se notaba a la distancia y a la cercanía que ella vivía sumergida en la tumba del orden, el colapso total de las cosas fuera de su lugar, pero no era sucia.

Esa noche todavía en el bar yo luchaba contra la mujer del ropero por mi gamulán porque había perdido el numerito; apareció ella e intervino a favor del deseo, apurándola dijo:
-dejáte de joder, Estela, me lo quiero llevar a la cama –y Estela, la gordita retacona, me tendió mi campera sin chistar. Una vez afuera, Luciana me aclaró –esa mujer necesita acostarse más.
El apuro violento que tenía esa noche, me hacía pensar en lo tedioso que podía hacerse el camino desde el bar hasta una cama, pero una vez que me dijo que vivía en el mismo edificio, me vi absuelto de la obligación de tomar un taxi.
Luciana estaba impaciente por que le saque la ropa, pero a la vez no podía con el cansancio y el alcohol que le circulaba por sangre, alternaba momentos de euforia con estados de suma tranquilidad cuando se quedaba de a poco dormida. Era una constante lucha de forcejeo y caída de peso muerto. Mis brazos no la podían abarcar, así que la dejé caer a la cama confiando en que no se desnuque con la punta de la cómoda, y al tacto con el colchón, se quedó automáticamente dormida, como si al apoyar su espalda en la cama, hubiera apretado el switch de encendido/apagado y se desconectó.





Su cara me bajó siete días después. Un sábado. Durante toda la semana me había torturado por no acordarme de su cara y al momento de la mañana del domingo en que me fui de su casa, maldije no tener una cámara de fotos a mano para eternizar esa escena. Pero no pensé que ese olvido iba a convertirse en una especie de amnesia.
Había logrado retener con una extraña exactitud la figura de su cuerpo, con pequeños detalles que no hacían mas que sorprenderme, recordaba el sonido concreto de su voz y hasta el perfume que emanaba de su cuello (que en gran medida se debía a que no había lavado la ropa en días y la camisa había quedado impregnada con su perfume; cada noche, cuando estaba descifrando el rompecabezas de su rostro, aspirada un poco de mi ropa con la esperanza de que eso contribuyera, pero solo conseguía hacer mas inasible todo aquello que quería asir, inalcanzable lo que quería alcanzar, y eso me hacia mas miserable).
Cuando el sábado siguiente me encontré al mediodía casi dormido, casi soñando, me di cuenta que por fin su cara se había dignado a aparecer entre las imágenes de la semana anterior. ¿Cómo lo explico? No tengo idea, pero se me hace que fue una especie de traspapelación de rostros, porque cuando la reconstruía, no podía dejar de probarle otras mascaras con su cuerpo, el de mi compañera de trabajo, el de una prima lejana, una vendedora de libros o la de la boletería del cine Cosmos. Y ahí estaba, como si los esfuerzos por traerla de nuevo habían sido nada más que tiempo perdido. No me había dado cuenta que para tenerla nuevamente, solo tenia que volver al lugar donde la había dejado, y cruzar los dedos para que ella no se haya olvidado de mi cara como yo había hecho con ella.
Ella seguía ahí, en el mismo lugar donde la había visto la última vez. Llegue a pensar que todo el tiempo había estado en el bar o en su altillo dos pisos más arriba, y que por alguna condena divina o más bien humana y propia, ella seguiría en el mismo lugar el resto de sus días.
Cuando me tope de nuevo con su cara, me sorprendió lo cambiada que la había pensado. Ciertamente me había olvidado de una parte a la altura de la nariz y las orejas que había permanecido borrosa. A mitad de semana decidí inventársela porque me abrumada ese espacio vacío, ni blanco ni negro, tampoco era confuso, estaba bastante claro: no estaba. ¿y qué había en su lugar? Supongo que expectativa. Pero aún así no podía dejar de machacarme la cabeza con ese descuido, ese pequeño olvido del rostro de una mujer con la que había estado cuerpo a cuerpo, lo más cerca que, físicamente, pueden estar dos personas, tener su cara pegada a la mía y luego no poder poner los ojos, la nariz y la boca que corresponden a su rostro (ni tampoco dónde corresponden) (recuerdo que tenía muchas pecas, y mirar a través de sus ojos y pensar que me iba a ser difícil recordar esa cara). Cuando volví a encontrarme con ella, noté que no estaba en el mismo estado que la semana anterior, lucía más fresca, y en efecto, se había maquillado cuidadosamente. Y sólo necesitaba para parecer cien por ciento a la anterior unas cuantas copas y que su lápiz labial quede en todos los vasos y picos de botellas que hicieran contacto con su boca.
Una semana después, ella ahí, acodada en la barra del bar, hermosa como debía, con una postura desafiante y confrontadora, con un nihilismo pasajero que se le marcaba en la frente.

Capítulo 0;2 de Anégdota

2.
En seguida la vi.
No estaba lo suficientemente oscuro. La iluminación era medio desastre, pero estaban bien las luces rojas sobre el escenario. Había una banda tocando sobre el escenario una música suave, de fondo, sin alteraciones. Esa luz roja sobre los músicos hacía ver desde la puerta que a partir de la tarima se miraba hacia algo irreal. Había mesas, como en todos lados, atestado. Había un corral de sillas que impedían avanzar demasiado adentro del bar. Y estaba ella sentada en la barra. Apoyaba los codos sobre la larga barra negra para no caerse de la silla e ingería el contenido de sus vasos como si se tratase de agua. Di un par de vueltas inútiles, mirando el entorno, las personas que una noche como esta tomaban algo en el lugar al que había entrado yo. Decidí que ya era hora de sentarme. Las mesas del lugar, todas ocupadas. Vi una, pero no me atreví a tomarla. Volví los ojos a la barra y ella seguía ahí. Sería el único lugar en el que me podría sentar. Había un asiento al lado de ella que estaba libre. Pero primero, pensé en las posibilidades de entablar una conversación con una persona que ya estuviera bastante sedada por los efectos del alcohol. En un parpadeo, volteó para mirarme, recorriendo con los ojos por el lugar, considerándome como una mesa u otro objeto inmóvil, parte del paisaje. Me encaminé a su lado.
Estuve un rato mirándola, contemplando su espalda que no paraba de bambolearse. Se paró y comenzó a caminar por todo el lugar, como si lo estuviera explorando, frenando a gente y conversando unos segundos. Se movía de una manera lenta y pausada, fallándole las piernas a cada paso. Creaba en torno a ella un aire de realeza, una mujer que no tiene mayor preocupación que andar por la vida y ser atendida como corresponde. Volvió a su asiento y cuando se sentó, rozó su espalda con la mía. Cuánto deseaba ese roce. Sentí al contacto, el calor de su carne contra la mía, una sensación que quizá no había merecido sentir. Me inspiró. Al mismo tiempo volteamos y la miré que me estaba viendo, con ojos de desconfianza. Hacés bien, pensé.
-¿Un cigarro? –me pidió con la misma mirada
Se lo tendí.
-¿fuego?
-Yo te doy
Aspiró fuerte y dijo: -es una suerte que no me haya prendido fuego –y se rió como en el estómago. Luego: -¿un trago?
-por favor –contesté
-por cierto, soy Guillermina. Si no te gusta, me lo puedo cambiar
-Guillermina está bien, es horrible
-¿un faso?
-no traigo
-tomá, armá –fueron las dos últimas órdenes antes de la tercera que fue: -vamos afuera.
Dentro de un paquete de Phillip Morris que me había dado, había como veinticinco gramos de marihuana, recién empezado. No escatimé en tamaño y preparé uno como si fuera a partir a un largo viaje y necesitara provisiones para viarios. Se lo entregué y lo prendió en la butaca de la barra donde seguíamos sentados. Nada se le niega a una dama. Salimos.
-No sos de acá –es lo primero que me dice cuando larga esquina a penas doblamos la esquina y entramos en una calle cortada. Me pasa el faso y buscamos la puerta de un edificio digno de ser ocupado por dos personas fumando.
-Acá hay todos techos altos –me explica –me da una envidia… Imaginate lo que podés hacer con un techo tan alto. Podés colgar cosas, los muebles, un ropero enorme colgando desde el cielo, ah, y no te olvides de una buena ventana que permita entrar el cielo al cuarto. Pero estos macacos no hacen nada con los techos altos, los dejan ahí, juntando polvo. ¿no sos de acá, no?
-no, vivo para allá –y señalé más o menos donde creía que podía estar avenida Jujuy y el Sur –unas pared de cuadras
-¿y amigo de quién me dijiste que sos?
-Amigo tuyo
-ah, fiel como un perro. Dame ese faso.
Cuando todavía quedaba un tucón aprovechable, lo tiró sin mirarlo y me ordenó que arme otro igual.
Volvimos adentro. La banda que estaba tocando terminó su número y el presentador llamó a la siguiente. Entonces, como yo no me lo esperaba, como si surgiera de la nada y pasara a serlo todo, Luciana, esa noche disfrazada con el estúpido nombre de Guillermina, bajó de su asiento tambaleando y se subió al escenario, trepando a la tarima de un metro de alto. No me esperaba que ella fuera a cantar, y cuando me aseguré de que ella era la que iba a brindarnos un momento de música, pensé que no estaba en condiciones de hacerlo. Su espectáculo comenzó antes que su banda comenzara a tocar. Mientras se subía o intentaba subir al escenario, me brindó una de las imágenes más profundas que guardo de ella, la imagen más acabada de lo que ella intentaba sacar afuera cuando agarraba el micrófono. La única objeción que tuve fue que haya sido pública y no exclusivamente para mí. Pero de los presentes en esa noche, pocos se deben acordar de eso, y nadie, seguramente, recuerdan como lo hago yo. Tenía una pollera negra que no le llegaba a las rodillas y cuando caminaba, los volados tambaleaban al compás de sus piernas. Subiendo al escenario, apoyó primero la panza sobre las tablas, luego subió las piernas para luego pararse. Pero al hacerlo un clavo le enganchó la pollera y en el movimiento de lucha contra la gravedad que tira para abajo y el alcohol que entorpece todo, se le subió hasta la cintura, dejando al descubierto su culo al aire y su piel blanca como la nieve. Comprobé en el momento que usaba una bombacha roja. Esa imagen, surgida desde la confusión y la imprevisibilidad, me conmovió en lo más profundo y me hizo llorar. Supe que tenía que obtener a esa mujer, porque a fin de cuentas iba a ser mía. Lo vi sólo como una cuestión de tiempo. ¿Cuánto tiempo más iba a pasar sin conseguir a Luciana? ¿Un año, una semana, un día, o hasta que terminase la canción que estaba cantando en ese preciso momento, que por cierto, sólo contribuía a elevar más y más ese pensamiento, porque no había escuchado antes una versión de My heart belongs to daddy tan movilizadora?
Por supuesto que se le notaba a la distancia la cantidad de alcohol que había ingresado en su organismo, sobre todo cuando, entre canción y canción se detenía para insultar a las personas en el público. Sus comentario causaron cierto revuelo entre la gente. La pareja que estaba sentada a la derecha del escenario se levantó y procedió a retirarse cuando Luciana le gritó al hombre que era obvio que él tuviera esa cara de amargo, ya que nunca había conocido el placer. No sin quejas, que fueron secundadas por otro hombre que tomaba su cerveza en la mesa detrás de la pareja, que al reír por el comentario, fue el siguiente objetivo de Luciana, cuando dijo “acá hay otro que se ríe porque sufre de la misma enfermedad”. Pero el enojo del segundo hombre no fue activo, porque al volver a tocar la banda, éste se sentó y siguió aferrado a su vaso de cerveza. Por el resto de las mesas y los pocos acodados en la barra, el pequeño incidente (como lo llamó el hombre sentado al piano, intentando desagraviar a las personas que se ofendieron), no pasó a más. Parecía que era algo que se esperaba, o que se encontraba dentro de los marcos de lo que podía pasar, o una parte más del espectáculo que estaban disfrutando. Espectadores perpetuos que no se alternan, porque una vez que el show comienza, se olvidan que los que están del otro lado son personas. Como olvidarlo, si Luciana estaba ahí, siempre a punto de caer, y yo esperando ese momento escondido detrás de una columna del escenario, para ir a buscarla de ese estado y llevármela a algún otro lado, donde la tuviera sólo para mí. Pensaba toda clase de conjeturas, de posibles escenarios, de probables vidas que ella cargaba en la espalda, que la llevaban a encontrarla de esa manera en ese lugar. Nada sabía de ella, ni su nombre verdadero, pensaba “Guillermina, ¿que clase de mujer puede llamarse como un zapato?”, porque sabía que había algo más detrás de ella. Me había adjudicado un papel que me quedaba demasiado grande, pero a la vez me engrandecía, y eso me llenaba de energía, me preparaba para una misión arriesgada y peligrosa. Cosas que pasan cuando uno absolutiza un momento que puede ser confundido con cualquier otro. La primera vez que me empezó a contar un capítulo, pequeño, insignificante y marginal de su vida, sentí cómo yo, que esa noche era para ella todo, comenzaba a perder importancia, y el amor que ella me había jurado en su pico más alto de alcoholismo y descontrol, se desvanecía de a poco, ocupando un lugar cada vez menor, significando cada vez menos, hasta que por fin fueron sólo palabras. Yo, que esa noche le había llamado la atención, y que por eso me había invitado un trago primero, luego a fumar, luego, dedicado una canción (Lullaby of birdland), y finalmente ofrecido casamiento si es que yo me afeitaba la barba, yo.

Capítulo 0;1 de Anégdota

1.
Todo comienza con un despertar o con un simple abrir de ojos, un ojo gigante, que, si estuviésemos mirando la pantalla de un cine, se convertiría en algo surrealista, de ojo hermoso, celeste, preciado, pasa a ser un ojo hermosamente gigante, luego, monstruosamente gigante, y finalmente, sólo monstruoso. Ese ojo que se abre es todo lo que cuenta por el momento al estar pensando en el comienzo de todo (no olvidar ¡cómo! que uno comienza diciendo ‘todo comienza’, cuando a penas se atreve a pensar eso, ‘eso’, como un todo, que comienza, ¿quién pudiera, quién se atreviera?). Y sin absolutizar en absoluto, como cualquier paradoja de la vida, como cuando Cédric me dijo: “la vida se presenta de manera paradójica, si, uno, sos propenso a ser adicto, jamás pruebes la merca; y dos, no te podés morir sin probarla”, resumiendo de esta manera, su filosofía de vida que lo había llevado más o menos a haber quedado pegado a un cartón que había sido de una heladera recién comprada y usada como cama una mañana que lo encontré tirado (¿o era ya a la tarde?) y le pregunté una infinidad de cosas que no me pudo contestar. Lo que no podía acertar de la mirada era la dirección. No lo recordaba con los ojos desviados, pero parecía que se había desayunado aspirando un aerosol que le turbó la vista y el cerebro y lo dejó hablando de la vida con una autoridad tal que parecía haberse consagrado de poeta. Decía todo, todo, todo esto, todo lo otro, todo era la idea que le predominaba en la pantalla mental, que posiblemente veía algo muy negro o muy blanco, que lo hacía pensar en dios y en más merca.
En fin, todo comienza con un sueño, lejano, un ojo que se abre, un sueño cuyo rastro ya se ha perdido y no vale la pena ir a buscarlo, por no intentar morderse la cola (que ya paso a explicar que es inútil y vergonzoso de sólo pensarlo). Sólo los perros tienen permitido morderse la cola, pero ellos ni siquiera sueñan o lo que sueñan no son esos sueños como los conocemos nosotros, suaves, poéticos y que fundamentalmente, se confunden cada vez que uno habla de eso, con la utopía. Pero un sueño nunca es una utopía, porque el sueño tiene lugar en la realidad interior, y la utopía se persigue hacia fuera. Yo ya no sueño, porque sueño despierto, lo cual es una utopía, y ando como zombi y sin lugar caminando hacia ahí, ‘directo al infinito, en una línea blanca’, como me dijo Cédric. Por supuesto que es más fácil perseguir los sueños de los demás, porque eso equivaldría a morderle la cola a alguien más, y no estaría nada mal que sea la de Luciana, codiciada por mí, nostálgica como los días de lluvia, harto conocida.
Y sin más ni más, ese sueño, que se va en cada imagen que el ojo despierto comienza a percatar, procesar y entender, se va demoliendo poco a poco, hasta que sólo queda un medín, fino, medianamente tangible, pero casi sin imagen, ya sólo es un olor, lo que uno recuerda como olor, un escalofrío por alguna parte del cuerpo, y algo más triste y lejano como un despertar. Pero los hay los cazadores de medines. He sido uno, hasta que perdí el don de serlo cuando me vi obligado a salir del estado primitivo de persona que era para buscar trabajo a los diecisiete años, cuando me dijeron que estaba demasiado grande para que me mantengan y no pude pasar más las mañanas en la cama. A los pocos meses de estar trabajando y siendo capaz de guardar un ahorro, me fui de mi casa. No quería rendirle cuentas a nadie. Estuve dando algunas vueltas por distintos trabajos y distintas casas, según las oportunidades que se me presentaban de saltar a un paisaje distinto con las miserias que me podían llegar a ofrecer. Nunca pedí nada a nadie y donde me miraban con cara rara, me iba. Hasta llegar al próximo lugar donde ya tuve una historia que contar y pude estabilizarme. Esa fue una época con altibajos, pero turbulenta. Cuando me establecí en un lugar fijo comencé a permanecer más tiempo solo y poco después, me acostumbré y hasta empecé a disfrutarlo. Como precio que se paga por esas cosas, entregué mi sueño, pero en ese momento no me pareció una pérdida útil. Haciendo cuentas hacia atrás, hacía años que no recordaba un sueño como hecho concreto que altera la realidad interior. Ahora sólo los medines pasados me quedan, sin sueños, sin ser algo que se crea mientras se da lugar a ese proceso –para mí- casi esquizofrénico que es (fue) soñar. Y creo que puedo contar mis medines con los dedos de una mano, como si se tratasen de monedas. El resto es pura especulación posterior y diurna, lo que uno decide hacer con ese medín, si retornarlo –en general–, conservarlo tal cual está –como los que lo pretenden –o simplemente olvidarlo, –como lo hace la mayoría.
Durante años preferí conservar todos mis medines en un frasco de vidrio que tenía cerca de la cama, hasta que un día se me perdió el frasco (y me condené por descuidado), o me lo robaron (sintiéndome ultrajado por un desconocido), o alguien lo abrió y se esfumaron (como creo que realmente ocurrió). Y sí, son cosas que pasan. Y bue, tarde o temprano iba a suceder. Esas son dos frases con las que aprendí a pasar algunos tragos que luego resultaron nimias y sin sabor, como una copa apurada de brandi en el baño de un bar, como una boca que traga y que sabe que ahora llega lo mejor, como (mucho más tarde) un ojo en primerísimo primer plano que se abre, quien sabe cuando, quien sabe donde, quien sabe de quien y muchas otras incógnitas que quedan irresueltas. Cédric, me explico aquella vez el sentido de la vida, de crecer y hasta de morir, por que no, con una metáfora de un cigarrillo. Luego se arrepintió y la cambio por una botella de whisky, cuando le convidé un cigarrillo, y finalmente la vida fue un pase, cuando tomamos la petaca de whisky y se quedó con ganas de más. Esa vez yo entendí que él no comprendía nada de lo que estaba diciendo, que simplemente su cuerpo dejaba llevar a su mente por lugares a los que siempre quería volver. Pero el mismo comparaba todo, la vida, su vida, a un cigarrillo o a un whisky o un pase porque en ese momento hubiera dado lo que le quedaba de su miserable vida por un poco más. Es fácil pensar de esta manera que los condenados a muerte cuando están tomando su ultima cena, comiencen a pensar que toda su vida no la vivieron sino para esa espectacular cena que jamás pudieron disfrutar (por exceso o carencia).
La primer sensación poderosa que sentí fue una atracción hacia lo que estaba más allá, lo que se escondía en o detrás del bosque, de donde sólo llegaban rumores, leyendas, historias transmitidas, que llegaban a mí a través de las experiencias en los paseos que hacíamos con mi familia los sábados y pocos domingos donde yo entraba en contacto con algo que se alejaba radicalmente de la vida de hogar y de escuela que a esa edad solamente conocía, algo que esos lugares que se me revelaban, me trataban de decir. Yo percibía las señales, los mensajes de algo que no estaba al alcance de mi mano pero quería cada vez con más ansias alcanzar.
En un paseo de domingo cualquiera me topé con una de esas señales. En la puerta de un baño de un restaurante donde paramos para almorzar, leí una frase que me hizo tanto ruido que por un tiempo creí ese era mi primer recuerdo, un tanto tardío, pero memorable. Con todas sus aes redondeadas por un círculo, decía que la vida había que vivirla de manera que la muerte sea injusta. Si, un poco nihilista, pero como todo anarquista, esa frase escondía un romance que me hacia pensar y dar una segunda mirada hacia mi vida aparte de los evangelios que me hacían estudiar sin libido religiosa. Y cuando comencé a dejar de soñar, me volvía esa frase, escogida al azar entre todas las demás frases de ese baño público, escogido al azar entre todos los baños públicos a los que podría haber ido esa vez a los diez años que me dieron ganas de hacer pis. Una frase que recordé entre millones de frases del evangelio que no retuve jamás (si, excepto ‘sé fiel hasta la muerte y te regalaré una corona de espinas’ Apocalipsis 2,10). Y en un estado de estupidez noctámbula, me sorprendí a mí mismo pensando la frase con retoques míos, y decía más o menos que la vida había que vivirla de manera que la persecución de los medines sea necesaria. Y desde ese entonces, me largué a la cola de un medín como un cometa que pasa y sólo una persona que miraba el cielo ve, sin éxito, pero jamás abandonando la carrera de mi vida, la única carrera que no pensaba abandonar porque ya no había vuelta atrás, y hace tiempo que tendría que haber partido y todavía no lo hacía.
¿Y qué hacía? ¿Dónde había estado todo este tiempo? Cómo decirlo, cómo saberlo con exactitud, si la mitad del tiempo me encontraba en un estado regido por la pérdida del sentido de la ubicación. Sabía en líneas generales donde estaba parado, ciudad de Buenos Aires, barrio Congreso, a medio kilómetro del kilómetro cero.
Pero si de repente, como cualquier noche, me encentro mirando el techo de mi casa y contando hasta diez mil antes de salir, bajar a la calle y pararme en una esquina y preguntarme mientras no termino el cigarrillo cuál de las cuatro posibles direcciones en esa esquina voy a tomar. A diferencia de estar perdido en un bosque, yo sabía el exacto lugar al que iba a llegar al final del recorrido, por más desesperado y desubicado que me sentía. ¿Alguna vez se perdieron en un bosque? A los doce años, en un pedazo de tierra que tenían unos tíos de Ezeiza, a pocas cuadras de donde se encontraba la casa, me encontré con un bosque. Era un bosque de álamos, que en absoluto son como los bosques de pinos, como los que se ven a los costados de la autopista que va al aeropuerto, a los que había entrado en el verano anterior en un campamento no muy lejos de ahí. Este, en el que me perdí toda una tarde nublada de invierno a los doce años, era otra cosa. Con el impulso de creerme conocedor de esos lugares por la experiencia reciente del verano, me metí adentro, con la confianza plena de tener un ancla mental al lugar donde estaba la casa. Pero en el momento en que me di vuelta después de haber percibido que ya había entrado lo suficiente y que a esa altura era lo mismo adelante atrás o al costado, me sentí perdido. Un segundo atrás también lo estaba, objetivamente, pero tenía la certeza de cuál era el camino y por donde la salida. Cuando salía caminando a la noche, de alguna manera me hacía acordar al bosque; era una cierta repetición del escenario de aquella vez, pero con algunos signos invertidos. Al final en la ciudad no encontraba el camino trazado dentro de ese inacabable bosque, un camino que se había marcado para ir por dentro pero sin meterse en la zona densa de árboles, camino al que llegué ya casi de noche, antes de que se largue a llover, camino que conducía al final del corredor donde se veía un portal iluminado por lo último de luz del día, recortado entre muchas ramas que abría paso a una zona abierta. Una vez vencida la sensación de estar atrapado y completamente solo cuando me eché a correr por el campo donde había aparecido, en busca de una persona, el director técnico de un partido de fútbol de viejos arriba de cuarenta, en una cancha en algún lugar de Ezeiza.
-Me perdí en el bosque –le dije, agitado y sin aire, pero tranquilo -¿dónde estoy?
Me imaginaba que podía haber llegado a atravesar al menos un kilómetro, salir en otro lugar, quién sabe dónde, luego que se levantó la cortina de vegetal que me había hecho desesperar. El director técnico no se sorprendió de mi aparición repentina como yo me había imaginado. Simplemente, apuntó con el brazo en dirección a unos autos y una especie de restaurante, una zona poblada.
Mi familia me encontró un rato después, subidos al coche, dando algunas vueltas a ver si aparecía. Después de unos comentarios, cambiaron de tema.
A veces, tirado en mi cuarto, escuchando música y pensando, sólo pensando, atravesando un domingo interminable, alternando entre mate, té y café, cigarrillo tras cigarrillo, pensando, me venía esa sensación que adquirí en el bosque, me atacaba de golpe luego de haber llegado a un pensamiento que me remontaba como un barrilete descontrolado a la experiencia de los doce años, que también volvía en algunos sueños cuando los tenía, en las formas más variadas que el yo conciente hubiera podido imaginar. De día, me divertían, me daban un cierto panorama de lo que estaba atravesando ka cabeza en ese momento. Pero cuando las tardes de invierno sólo alcanzaban las seis y media, ese souvenir de pesadillas despertaban en mí y alrededor un aire renovadamente maligno. No me inmutaba. Tenía mi medicina ahí esperando a ser fumada en uno de los estantes de la biblioteca, con el rótulo de “estrictamente necesario”. Y las veces que no había cura para ese mal, después de haber ido a ese lugar y no encontrar a nadie, y a ese otro lugar tampoco y la última esperanza también caía, se me daba por salir a ver qué era lo que el tiempo que me había hecho eso a mí, le hacía al mundo. En una de esas noches busqué compañía a costa de casi cualquier cosa. Dependía de la impaciencia y la capacidad de tolerar. Entonces iba por las calles recorriendo algunos bares tomando unos tragos en cada uno de ellos, con la ingenuidad de que hasta el final de la noche, nada está perdido.
Entré a un bar.

Capítulo 0;0 de Anégdota

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Esta es la historia de un trauma. Hay que tener cuidado con lo que se tiene entre manos, porque se trata de un redúctulo que posee el sufrimiento de manera concentrada. Como se sospechará, el sufrimiento no se encuentra entre las páginas, adosadas como un señalador que te regalan en las librerías, en las historias que se narran o en las palabras que se usan para hablar de tal sufrimiento. Hasta el momento no he podido lograrlo, a tal punto que ya antes de comenzar la tarea renuncio ese objetivo inútil. Escribir, antes, -si no supe aprovechar el tiempo que duró –era un trabajo, como de oficina, pero en casa, o en cualquier lado, en medio de una noche de sábado, o en uno de esos bancos de plaza Congreso. No había inconveniente, porque al trabajo uno puede renunciar, puede irse pateando la puerta y robándose en el camino ganchitos y hojas A4. Ahora, escribir se ha tornado con la experiencia como un deber. Lo supe en el mismo instante en que le daba la espalda a una historia que no quería contar, pero ella quería ser contada a toda costa, y en esa lucha de intereses opuestos, le di la espalda. A poco, para darme cuenta que seguía ahí, no era como en los trabajos que uno ya no le ve la cara del que ya no desea ver a las siete de la mañana, lagañoso, malhumorado y con mal aliento. No. El deber me miraba por la espalda. Sentía que estaba clavando su mira en mi nuca, y ni un instante durante el día o en un momento de baja guardia a la noche, me dejaba de acusar. Vuelvo a escribir porque siempre hay una esperanza de reconciliación, de una reflexión profunda de las dos partes, seguido de un entendimiento como la luz de un tren al final del túnel.
Y las historias que se cuentan no son sino medios, envases vacíos, las palabras y las historias, para trasladar ese sufrimiento. De por sí, son inofensivas, no están dotadas de maldad ni pueden por ellas mismas causar algún mal. Estas páginas fueron escritas con todo el amargo que puede soportarse en la boca, y mientras se iban depositando de manera caótica sobre el blanco de la hoja, iban siendo escupidas por una boca que hasta el momento era incapaz de soltar. Las palabras que la boca no dijo se fueron poniendo rancias y viejas, tomando el sabor agrio que llegó a ser insoportable.
Nunca algo es tan amargo como cuando se ha tenido lo dulce. Y lo mismo al encontrarse del otro lado completamente opuesto al que causó esa secreción violenta parecido a devolver bilis. Así, uno va trazando un arco que atraviesa todos los posibles estados del alma entre lo amargo y lo dulce. Si en mis palabras se halla algo de sabiduría sobria y soberbia, espero que sea extirpado. Hoy no me puedo no permitir hablar en ese tono después de haber probado la cosa más dulce que un hombre puede acceder para su paladar (el tono, ese tono es el de un hombre acabado, que recién termina de tener sexo y por unos instantes no importa nada más que ese cansancio en las piernas).
Así, ya se tomen estas palabras como ficción o un lugar de consuelo para los desahuciados, el escritor resta aclarar que queda conforme desde el mismo momento en que gana la perspectiva necesaria para poder advertir todos los planos, ángulos y tiempos de una historia propia para pasarla al papel.

Esta es la historia de un trauma. Se encuentran los personajes en escena y tienen sus cosas que callar. Hay encuentros y cosas que vienen al tema tomando un café. Hay silencios y hay el conocimiento que uno es lo que habla, pero ese uno tiene todavía muchas cosas por decir, y que tal vez ya sea irreparable el error de no poder conseguir todas las palabras necesarias para decir. Hay diálogos, hay peleas y confusiones, y en definitiva, confusión total.
Hay historias que no entraron en el plano de la historia general. Esas otras narraciones gestaron sus propios lugares y poseen tanta autonomía que sus personajes son invisibles y entran y salen de la existencia del papel sin que el que lee lo note.
Y sobre todo, hay música, hay vibraciones en el tímpano que resuenan en el tórax y causa placer. Hay esas notas colgadas que si te tocan te atraviesan como una lanza y te hacen delirar como el recuerdo de un amor reciente. Hay un corazón que sangra y que tiene que dejar de sangrar.




Voy a hablar de vos. Me voy a sentar en un sillón cómodo y me voy a preparar un trago para que no me falte nada en este momento. Me voy a encender un faso y entonces vas a aparecer como en fotos diapositivas que se van sucediendo frente a mis ojos, proyectadas en las paredes, en las hojas de los libros que leo pero no, en todos los rincones.
En este instante ves cómo se derrumban los castillos de arena de las sensaciones del pasado. Nada demasiado firme como para que dure para siempre. Nada, que no se parezca a una teoría o comentario al pie con aire de haber pisado fuerte la tierra y dignarse a alzar la vez defendiendo las enseñanzas recogidas por la experiencia. Para que hoy, cuando me ponga a hablar de vos, me de cuenta que así como hay una enfermedad gestada entre dos personas que se dicen tantas cosas, hay un antídoto, una cura, o una promesa a uno mismo de cura, una necesidad. Y que solamente si el presente me trajo hasta acá, no es sino en la búsqueda de ese remedio, de la salud, del estado de bienestar en el cuerpo, de la promesa de una vida plena. La Enfermedad corroe el ser y lo deja desnudo tirado en la vereda de una calle delirando, diciendo cosas a los transeúntes que nada entienden del amor. En la Enfermedad, los días se agotan como las botellas de un alcohólico que apura el último trago a partir de la mitad de lo que queda en el vaso. En el padecimiento de la Enfermedad, las cosas más queridas se opacan y pasan a ser una de las tantas cosas opacas con las que uno se topa a diario. Está la experiencia fuerte a la que se expone el alma cuando te encontrás con esa droga que te cambia: sentís el pánico y cuando volvés no sos el mismo. Pero en algún lugar remoto del mundo, en una isla del océano pacífico, en la cima de un volcán en erupción, se halla una planta que se seca, se prensa, se pica y se fuma y obtenés la cura.
Viajo, me escapo para salir un poco de mí, de lo que hay en mí que todos los días me hace acordar a ella. Y ella, que me decía que tenía que volver a este lugar, que eso es lo que se hace. Pero la verdad es que hace tiempo ya me había subido al tren de fugitivos, emprendiendo un viaje para no volver más.
Y voy, y a algún lugar vuelvo, después de haberme ido. Viajo a algún, pero ya se me hace que es como si estuviera regresando y no partiendo. De pueblo en pueblo, de barrio en barrio, de puerta en puerta. Me vendo al siguiente lugar, bebo sus costumbres rápidamente, o me regalo, como las biblias evangélicas que sólo poseen el nuevo testamento y sus historias son tan poco verosímiles que a poco puedo considerarlas un regalo. Hogar es un lugar muy lejos de acá. Tan lejos, que no hay camino posible para llegar. Pero hay que llegar, hay que brillar.
Hoy, acá, me pregunto si había algo más que la sensación poderosa del escape, el calor en la cara cuando se sale a ver por primera vez el sol en la mañana o tirarse a disfrutar del cuelgue reflexivo debajo de un árbol acerca de lo que uno hace y a dónde la vida te lleva.

Voy a hablar de vos.
¿Por dónde empezar? Es difícil decidirse, es difícil mantener una constancia, hablar de una sola cosa, porque hoy no me quedó ningún orden de todo aquello y contarlo es decir primero uno y segundo dos, y tres, hasta la verdad no sé cuántos. Hoy ese orden es mi trabajo y tengo tan pocas ganas que me quedo en un estado de purgatorio, entre el deseo del cielo de los buenos momentos y el infierno que ya probé y sigue amenazando ahí atrás, a poca distancia.
¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo es que el tiempo corre y siempre siento que yo también estoy corriendo, pero en la dirección opuesta? Y en un choque frontal contra la pared de los días, un balance con voz moral me dice mal, mal, mal, Drogarme sólo dilata el tiempo de la plena conciencia del doloroso correr del tiempo. Larga vida a las drogas, porque cambio cualquier cosa, lo que sea, por no volver a sentir la sobriedad total y despiadada, alienante. En vida hice pésimas transacciones. En el mercado de las cosas cambié mi vida, te cambié a vos por nada, me quedé con las manos vacías, porque preferí estar solo a esa sensación de morirme al cerrar los ojos y no volver a encontrar el lecho del sueño acogedor sino un desfile de imágenes desesperantes que me hacían volar la cabeza, y que se iba otro día sin poder hablar. Hoy puedo escribir, recuperé el don de la palabra, pero ya no sé que quiero decir. Articulo sonidos y las personas tratan de entender a que me refiero. Salí del estado primitivo de comunicarme sólo con gritos y con lágrimas. Un día lo lloré entero. Al final, me quedé completamente seco, tomando litros y litros de jugo, y temprano en la noche, me dormí acurrucado en un sillón. No podía sostener una conversación de más de cinco minutos que ya me atacaba una tristeza feroz y ya nada había para hacer, no existía consuelo alguno al alcance de mi mano. Cuánto quise ser consolado.
Hoy no es un excelente día. Me faltan bastantes cosas como para estar a tono, pero por suerte no estoy allá. Sólo hablo de allá. Con los más, las cosas buenas; con los menos, las cosas que son de no creer. Y sólo escribiendo hablo de vos. Escribir, qué tarea miserable, pero algo hay que hacer. Peor es trabajar. Aunque escribir es un trabajo para alguien con serios conflictos con uno mismo. Hasta ahora, toda la gente que vi escribir que vale la pena, hace valer su vida con esa pena, que es lo único verdadero en ellos.